
El fútbol, y especialmente el Betis, tiene estas cosas que los hace tan grandes. El Barcelona parecía un rodillo dispuesto a aplastar a los abatidos y rendidos jugadores del Betis, que cedían el balón y se replegaban como pidiendo que no le hiciera más daño el rival, más pendiente del partido de Champions League que del encuentro que tenía por delante cuando sólo transcurría un cuarto de hora de encuentro. Pero esa facilidad, esa bandera blanca que parecía agitar el Betis, fue la gran trampa que se tragó al Barcelona, que definitivamente dice adiós a la Liga. El hundido Betis se agarró a la chispa que pusieron los jugadores que salieron de refresco, Sobis y Odonkor. El primero se fabricó la jugada del gol nuestro de cada día de Edu. El segundo, la jugada del penalti (por fin) que sí pitó el trencilla. Lo falló Edu (no es perfecto aunque lo parezca) y parecía que la reacción estaba frenada, pero no fue así. Todavía no había dado tiempo ni de lamentar el error cuando Juanito empalmaba un balón que suponía el empate. La grada se entregaba a su equipo después de haberle pitado con más razón que un santo. Tanto apretaba que el equipo quiso más y Edu se trabajó esa diagonal que tan bien ejecuta para tirar un obús tierra-aire-escuadra que hacía enloquecer a todos los béticos.
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