
Anunciaba Chaparro cambios para la ida copera. Variaciones pensadas en la cita dominical ante el Getafe, donde tanto se juegan los pupilos del preparador trianero. Un equipo experimental para intentar pescar en las revueltas aguas valencianistas, plagado de filiales y fichajes de ésta y pasadas campañas. Buena opción, todo hay que decirlo. Si los profesionales verdiblancos hubieran competido ante un conjunto que jugó a medio gas. Con el freno de mano echado desde que Joaquín perforase la meta de Casto en el minuto cinco. Mejor así, porque si los de Koeman hubieran querido hacer sangre... Aunque esa suficiencia le puro costar caro a los dueños de Mestalla. Dentro de lo malo, esta derrota sólo sirve deportivamente hablando para decirle adiós a la Copa del Rey. Porque de la mala imagen no se salva ni los canteranos que tuvieron que comerse un marrón que no les corresponde, ni los que dice Manuel Ruiz de Lopera que tantos euros han costado. Al menos a los incondicionales de las trece barras les queda el consuelo de saber que dentro de cuatro días existe la posibilidad de acabar la semana fuera de la zona de descenso, el único objetivo del Real Betis Balompié de aquí al mes de mayo. Si su equipo compite, le gana al cuadro de Laudrup. El año pasado, la derrota en el derbi del botellazo marcó un antes y un después en un Betis que se salvó de la quema sobre la bocina. Ojalá lo sucedido el domingo ante el eterno rival no sea el principio del fin. El punto final del efecto Paco Chaparro. Un técnico que tendrá que ponerle a los suyos muchos documentales de lobos y canciones que eleven la moral de una plantilla tan cortita como huérfana de calidad. Que jugando como ante el Valencia huele a Segunda. Como en el primer acto, porque en el segundo al menos dieron la cara. Lo que se le exige y demanda a cualquier profesional que se precie.
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