
Si Manuel Ruiz de Lopera, el principal culpable de que el Betis se vea donde se ve, sigue con su empeño casi patológico de intentar hacer ver la botella medio llena, puede argumentar que sus formidables fichajes han propiciado una mejoría evidente de su equipo, computable en el cuarenta por ciento. En tan importante porcentaje redujeron los verdiblancos el número de goles encajados en su turno casero ante el Osasuna. Cinco a comienzos del pasado mes de junio, tres en esta víspera de Halloween, que ya quisiera el mandamás bético que fuese tan movida como la de 2001. Entonces, el único fantasma fue él, que se presentó sin invitación en casa de Benjamín pero ahora es el espectro de la segunda que se aparece en las pesadillas de los béticos es la Segunda división: desde hace ya tres temporadas y sin que nadie encuentre en el club otro eslogan ilusionante que el “vamos a intentar no pasar apuros”. Del partido en sí, se podrían decir muchas cosas pero todo sería meterle el dedo en el ojo a unos jugadores que no son buenos, desde luego, pero que no son los principales responsables de este cúmulo de desaguisados. Dos extremos juveniles ridiculizaron a los laterales béticos, uno de los cuales terminó desquiciado y en la ducha antes de tiempo (es sintomático que esto le pase al habitualmente equilibrado Damià). El partido adquirió por momentos tintes de baile en toda regla, sobre todo con el empate a cero. Pero lo más peligroso, con todo, es la reacción de la gente porque el choteo final denota una indiferencia que acabará perpetuando la situación actual hasta que el desastre llegue. Y que nadie dude de que llegará antes o después.
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