
Se empeñaba Héctor Cúper en proclamar en la víspera que no pasaba gran cosa, pese a lo evidentemente delicado de la situación, y advertíamos en la previa que ese optimismo sonaba demasiado a contraestilo en un hombre que se ha labrado un gran prestigio a fuerza de llamar a las cosas por su nombre. Pues resulta que no era una estrategia del entrenador para levantar el ánimo de sus hombres, sino que en ese cambio de actitud se reflejaba el hastío que ya empezaba a atenazarlo. A ojos de este modesto cronista, el entrenador del Betis ha bajado los brazos. En el Nou Camp, alineó a Babic y Pavone, los dos fichajes para los que Lopera reclamaba minutos. El mandamás los había atado antes de que acabase la temporada pasada, antes siquiera de pensar en Cúper como inquilino del banquillo. Entendía su contumaz suplencia como un desafío del técnico a su autoridad. En vista del pésimo juego desplegado ante el Barcelona, que pocas veces habrá vencido con tanta facilidad, se puede entender la titularidad de ambos como un mensaje, quién sabe si póstumo: “Ahí tiene a sus dos pedazos de fichajes, don Manuel”. La visita al estadio del Barça deja una dolorosa sensación de vacío. Debe sentir el bético esa angustia que se experimenta ante el abandono. No es ni odio, ni dolor, ni rencor, ni desapego. Es la nada. Pues eso le transmite el equipo (más allá que el equipo: el club) a sus fieles: una tenebrosa, silente y aplastante nada que quita hasta las ganas de revolverse. Un insondable agujero negro que sume, más que en la melancolía, en el estupor y la inacción. El Betis de hoy en día es un factor depresivo para sus aficionados, que se preguntan por el sentido de todo esto sin hallar respuesta.
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